El ensayo de Benjamin Franklin de 1786, “La moral del ajedrez”, redefinió el juego como una herramienta vital para el desarrollo personal y la virtud intelectual. Franklin creía que el ajedrez era algo más que un pasatiempo; era un ejercicio de previsión, circunspección y cautela, cualidades que consideraba esenciales para el éxito tanto en la vida privada como en la diplomacia pública. Durante el Siglo de las Luces, Franklin frecuentó célebres cafés de ajedrez, como el Café de la Régence de París. Estos espacios sirvieron como las redes sociales originales de la época, donde el juego facilitaba debates rigurosos y el intercambio de ideas revolucionarias, tendiendo puentes entre los mundos de la ciencia, la política y la filosofía.
La fascinación de Franklin por los límites intelectuales del juego le llevó a un encuentro histórico con el Turco Mecánico, el autómata jugador de ajedrez más famoso del mundo. Durante una partida celebrada en París en 1783, Franklin puso a prueba sus habilidades contra la máquina, que ejemplificaba la obsesión de la Ilustración por la razón mecánica. El Turco viajó a Estados Unidos y encontró su hogar definitivo en el Museo Peale (y más tarde en el Museo Chino) de Filadelfia. Fue un elemento básico de la cultura científica de Pensilvania durante décadas antes de perderse en un incendio en 1854. Este legado del ingenio humano y la inteligencia de las máquinas sigue siendo una historia fundamental para las exhibitiones que exploran la intersección de la historia, los juegos y la evolución de la inteligencia.
La foto muestra a Benjamin Franklin jugando al ajedrez. Obra de Edward Harrison May, 1867